domingo, 26 de julio del 2026

Ecclesia 2026 | Un auténtico servidor crece, se forma


“Crezcan en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: a él la gloria, ahora y hasta el día de la eternidad. Amén”
 (2a Pedro 3,18)

Crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor es un mandato.

San Pedro no dice si pueden crezcan, lo ordena. Y es que realmente, no se puede tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Filipenses 2,5) si no lo conocemos. Nunca podríamos hablar de una vida que no conocemos , ni hemos experimentado.

Usted puede ir a una universidad y obtener un grado académico después de algunos años, tendrá que esforzarse estudiando mucho, probablemente, usted tendrá mucho prestigio después de terminada su carrera, hasta se podrá creer superior a los demás aunque haya sido un estudiante mediocre.

Sin querer ofender a nadie, yo siento compasión de algunos llamados doctores en teología, porque por algunos años acudieron a un seminario o a una universidad, se llaman a sí mismo conocedores de la voluntad de Dios.

¡Pobrecito el Señor Jesús que nunca fue a ninguna universidad! Él declaró su humildad cuando dijo respecto al juicio final que nadie sabía el día ni la hora, ni los ángeles de Dios, ni siquiera el hijo sino solo el Padre (Mateo 24,36).

Hágale usted la misma pregunta a uno de estos “teólogos de moda”, no solamente le dará el día y la hora, sino que le dirá que comerán las tres divinas personas de la Santísima Trinidad tres días antes del juicio, ellos lo saben todo.

Son como aquella hormiguita doctora en teología a quien en una ocasión, una de las hormigas laicas le preguntó que como era la diosa hormiga, la hormiga teóloga le contestó que la hormiga diosa tenía dos aguijones en lugar de uno, la hormiga laica le pregunta nuevamente si en la resurrección ellas serían semejantes a la diosa hormiga, la teóloga le contestó que si, pero que el segundo aguijón sería mucho menor, aunque no se sabía exactamente, donde estaría ubicado en el cuerpo glorioso de la hormiga.

Como la hormiguita, muchos pretenden ser sabios porque hablan como necios (Job 38,1-38; 39, 1-30). ¡ Pobre de los que se creen sabios y se consideran inteligentes! (Isaías 5,21; Proverbios 3, 7-8; 26,12; Romanos 1,22; 12,16).

Dice San Pablo en su primera carta a los Corintios: “Que nadie se engañe. Si alguno se cree sabio según los criterios de este mundo, hágase necio para llegar a la verdadera sabiduría. Pues la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios” (1ª Corintios 3,18-19).

Crecer en el conocimiento de Cristo es mucho más difícil, el Señor Jesús hizo muchas otras cosas distintas a las que se mencionan en la Biblia, que no habría lugar en el mundo para tantos libros (Juan 20, 30; 21, 25).

Es necesario pues, comenzar a estudiar la Palabra de Dios con reverencia y veneración. El solamente leer la Biblia por el simple hecho de que es un buen libro para estudiarlo, no tiene ningún sentido, antes bien, debo de preguntarme a mí mismo como sacarle provecho a su lectura, estudio y meditación para mi crecimiento espiritual.

Debemos, al inicio de nuestro estudio, decirle al Señor como el profeta Samuel: Habla Señor, que tu siervo escucha (1ª Samuel 3, 10), instrúyeme, que sediento estoy de ti (Salmo 63,1; 42,1-3).

Para escuchar la palabra de Dios, cuestionándonos en lo más profundo de nuestro ser, hay que aprender a guardar silencio. Después de que usted ha terminado su estudio, pregúntele al Señor en oración: ¿Qué quiere decirme con ésta lectura Señor? La respuesta, se la dará el Señor en lo más profundo de su corazón después de algún tiempo de meditación y de oración.

Hasta entonces se encontrará en Cristo la fuerza y la sabiduría de Dios, recordando que la necedad de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres; y que la debilidad de Dios es mucho más fuerte que la fuerza de los hombres (1ª Corintios 1,25). Conociendo las escrituras, comenzamos a conocer a Dios y nadie puede hablar de Dios si no se le conoce.

Se cuenta de un seminarista que siempre hacía la misma pregunta: “¿Qué puedo hacer para encontrar a Dios?”. El siempre recibía la misma respuesta: “A través del desearlo con todo tu corazón, con vehemencia, ardiente y fervientemente “. y él seminarista se decía: ” Yo deseo conocer a Dios con toda mi alma. ¿ Por qué no lo he encontrado?”.

Un día, los seminaristas se encontraban nadando en una piscina. El maestro sujetó la cabeza del discípulo y la sumergió bajo el agua. Lo mantuvo así por un tiempo, mientras el seminarista desesperadamente luchaba tratando de soltar su cabeza de las manos del maestro.

Cuando estaban preparándose para retornar al seminario, el maestro preguntó al alumno: “¿ Por qué luchabas con tanta fuerza cuando te tenía sujeto bajo el agua?, ” Porque quería respirar ” contestó.

El maestro le dijo: ” El día que alcances la gracia de buscar a Dios como desesperadamente buscabas el aire en la piscina, ese día le encontraras.”

¿ Ha estado usted en alguna oportunidad en su vida desesperadamente deseando el aire que no llega a sus pulmones? Esto se siente especialmente cuando usted está nadando debajo del agua, cuando está limpiando un cuarto sumamente polvoso y contiene su respiración para evitar que el polvo no llegue a sus pulmones o cuando están pasando cerca de usted vehículos diesel que han dejado extremadamente contaminado el lugar en el que usted se encuentra.

Contener la respiración es desesperante. Con la misma desesperación debemos de buscar a Dios, solamente hasta entonces, le podremos encontrar. Pero encontrarle no es todo, ya que es él quien ha estado por siempre buscándonos. El Señor se deja hallar por los que no preguntan por él y se deja encontrar por los que no le buscan (Isaías 65,1). Cuando le hemos encontrado, o mejor dicho, cuando él nos ha encontrado, es cuando debemos comenzar inmediatamente a conocerle.

El rey David ordenó a su pueblo que se dedicaran de todo corazón y alma a buscar a Yahvé (1ª Crónicas 22,19; 16,11; Deuteronomio 4,29;). A su hijo Salomón le pidió que le sirviera enteramente de corazón y cariñosamente, que lo buscara para que él se dejara encontrar (1 Crónicas 28,9).

David estaba verdaderamente desesperado por Dios, solo basta leer el salmo 42 para saberlo:

” Como anhela la cierva, estar junto al arroyo,
así mi alma desea, Señor, estar contigo.

Sediento estoy de Dios, del Dios que me da vida,
¿ Cuándo iré a contemplar el rostro del Señor?

Lágrimas son mi pan durante noche y día
cuando oigo que me dicen: ¿ Dónde está tu Dios?

Yo me acuerdo, y mi alma dentro de mí se muere
por ir hasta tu templo, a tu casa, mi Dios,
entre vivas y cantos de la turba feliz”.

(Salmo 42,1-5)

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